INGRID
Cuando
salimos de clases alrededor de las diez de la noche, en las afueras de la Universidad Federico Villarreal, nos
encontramos con un tumulto de gente indignada junto a una niña sentada sobre
una silla de ruedas, tiritando de miedo, angustia y frio. Su papá la jaloneaba
del brazo y forcejeaba la silla con las personas que le rodeaban. No
quiero irme con él. Mi papá me va a pegar, él me hace daño. No, no dejen que me
lleve. ¡Auxilio!, gritaba Ingrid, de 17 años.
Con esfuerzo, pude sumergirme
directo hacia ella, la cogí del brazo y le pedí que se calmará. ¿Qué pasa?
Tranquilízate, niña. No te pasará nada, nosotros te vamos ayudar, intenté
calmarla. Pero ella seguía alterada. Mientras le tomaba del brazo, sentí
electrificarme con su energía, me erizó la piel, mis manos parecieron caerse y
me sentí abrazada por la debilidad.
Su
papá estaba como un energúmeno, quería llevársela como de a lugar. Déjenla. Ella es
mi hija y solo esta haciendo berrinche porque todos la están viendo. Ya
váyanse, no se metan, gritaba. Y empujó la silla a toda fuerza mientras otros
le gritaban. Un joven se paró delante de la niña. No te la vas a llevar. ¿Así
tratas a tu hija?, le enfrentó. Mientras limpiaba las lágrimas de la pequeña,
se desmayó en mis brazos. Me alarmó y no pude evitar derramar lágrimas. Con
aire y perfume en papel higiénico, logramos que reaccione. Pero luego se volvió
a desmayar dos veces más. En ese alboroto, su papá iba y venía, de arriba
abajo. Hija, mira la vergüenza que me haces pasar. Piensa por favor, decía.
De
lo que hablemos con ella, nos contó que él la llevaba a vender hasta tarde, a
veces hasta la media noche o algo más. Que vivía en Jr. Chancay. Que su mamá estaba en
Chile. Que tenía una hermana de 15 años a quien no le hacía trabajar tanto
porque ella sí caminaba. Le dije que podríamos llevarla a un albergue. Y ella
se desesperó, dijo que no quería. Entonces, ¿a dónde te gustaría ir? ¿Tienes
otros familiares?, le pregunté. Si, mi abuela. Me quiero ir con ella, pero está
en el Sur. Podemos pedir que te lleven, la animé. No, ya no puedo. Ya estuve
con ella porque tiene mi tenencia, me contó.
-¿Por qué no te quedaste con ella?
- Porque mi
tío me violó
Cuando
llegó la patrulla de la policía, lo subieron al señor, pero Ingrid no quiso ir.
No quiero ir con mi papá, no me lleven con él por favor, lloró otra vez. Y se
desmayó. Así la subieron al carro. Había que declarar lo sucedido para entablar
la denuncia en la comisaría Alfonso Ugarte. Es por eso que a pedido de Katherine soto, me ofrecí ser un testigo.
En
la comisaría, me estremecí del caso. Resulta que ya conocían a Ingrid y a su
papá. Un alférez me dijo que era la cuarta vez que regresaban. Que su labor era
la tramitación de los documentos al Ministerio de la Mujer y lo que ocurría
posteriormente, lo desconocían. Un comandante dijo que la niña se encaprichaba
con quedarse con su papá, que lloraba para no ser llevada a un albergue.
Más
tarde, cuando llegaron representantes del Ministerio de la Mujer, quienes
también conocían el caso, Ingrid dijo que su papá la quería mucho, que la
cuidaba y solo le había llamado la atención porque estaba hablando con un
desconocido. Que como él es sordo, habla fuerte, pero los que presenciamos el
hecho lo malentendimos como gritos. Que solo era eso.
El
señor se excusó: yo soy sordo. Tengo discapacidad severa, por eso tengo el
carnet amarillo del CONADIS, me mostraba entre ceja y ceja. Señorita, piense lo
que va decir de mí. Yo tengo 64 años y soy padre y madre de mi hija porque su
mamá nos abandonó, también tengo otra hija de 15 años. Usted no sabe las
necesidades que pasamos a veces. Pero es lo que pasa en todas las familias. ¿Te
imaginas lo que pasaría si todo el mundo se metiera en la vida de los demás? Te
entiendo que estés impresionada de esto, eres mujer.
En
verdad, yo cuestioné su sordera porque cuando hablé con el comandante, el señor
me refutó. Además,
cuando estábamos haciendo las declaraciones, Ingrid estuvo en otro patio solo
con su papá, pues él pudo haberle condicionado para que declarase. ¿Será por
eso que cambio la actitud que tuvo inicialmente?
En
fin, lo importante será hacer el seguimiento de la denuncia y conocer cómo
proceden las autoridades e instituciones, aunque con los antecedentes del mismo,
es probable que ella regresé con su papá y siga vendiendo hasta altas horas de
la noche en la Av. Nicolas de Piérola, a la altura de la iglesia Santo Toribio de Mogrovejo, a pesar de su
discapacidad, de su edad, del frío y del cansancio.

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