¿Qué piensas de una sonrisa?
Cuando sonreía, sentía irradiar desde mis adentros. Mi percepción crecía para captar la energía de quienes me rodeaban. Creía tener el poder para cambiar miradas sombrías dibujando lineas ondulantes, con las comisuras extendidas, en las mejillas. Parecía tener una varita mágica con la que podía repartir chispas con dosis de buenos ánimos de vez en cuando. Pero eso se desvaneció con el tiempo.
Pienso que la sonrisa es una manera simple y natural de comunicar conformidad, comodidad y tranquilidad. Cuando alguien me sonríe, intento corresponderle. Incluso, cuando ando alborotada, triste o angustiada por alguna razón, sonrío. Mis labios se pegan a mis dientes, un halito de aire elimina mis turbulencias internas e intento alentarme yo misma.
También creo que la sonrisa puede ser capturada por un farsante, quien se cuelga de ella para lograr fines específicos, buenos o malos a ojos de su perceptor. Ya me decía mamá: no sonrías a todo el mundo, a veces hay que quedarse serios para no espantar a la gente. ¿Por qué? Porque no todos vivimos de buenas intenciones, dicen. Por eso no seamos ingenuos, nos alertan.
Considero a la sonrisa como un acto noble, tolerante, respetuoso y de aceptación. Este gesto puede parecer desafío, superioridad ante quien recibe muestras de afectos. Yo lo relaciono mucho con la seguridad y confianza en uno mismo. Creo que es más posible que un niño y un adulto sonrían con mayor frecuencia que un adolescente o un joven. Estos dos últimos tienden a caer en el existencialismo por diversas impresiones y sensaciones de inferioridad o perplejidad conforme van explorando nuevos hechos.
La edad que estoy atravesando, por ejemplo, me causa sensaciones de desasosiego, de nostalgia, de escepticismo y de incertidumbre. Estas me cubren cual manto tendido en una tormenta de ruidos arrebatados dispuestos a arrancar las plantaciones de sembríos y techos de casas rústicas. De tiempo en tiempo, salgo de ese ahogo y reconozco la prioridad de aprender a sobrevivir, aunque lejos de las verdaderas sonrisas. Esas que sentía brotar desde lo más recondito de mi ser. Siento que guardaban un motivo que las rebuzco, las identifico, pero se han vuelto insípidas en mi cotidianidad.
Me pregunto si de aquí a un tiempo volveré a sonrerír de verdad. Recuerdo que hace cinco años viví una etapa similar. En mis largos tiempos libres quiero saber si acaso luego de esos episodios de incertidumbre, mis sonrisas llegaron arribar intactas. Sé que no puedo medirlas ni compararlas. Ellas se han convertido en variedades, en matices de múltiples colores. Que formarán y serán parte de mi continuo crecimiento.
Podría concluir, entonces, que las sonrisas en las etapas del desarrollo humano se presentan con tono variado y matizado. Somos creadores de los colores de nuestras emociones. Ellas influencian en nuestras decisiones; así que no solo existen el blanco y negro, como muchos intentan imponerlo. Ni el gris, al que preferí aferrarme.


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