Pensamientos nostálgicos

Pasé la tarde reconstruyendo cada minuto de la primera vez que hablamos. Hace mucho que no lo recordaba. Esbozaba una sonrisa cada tanto que volvía sentir eso, cuando rompías tu odio a la cursilería: para tomar mi mano y limpiarla cálidamente luego de haber comido galleta con atún; para jugar con un lapicero como dos niños, a ver quién lo atrapaba con más rapidez; para quitarte tus lentes, a pedido mío, y dejarme apreciar tus ojos más de cerca y directamente; para sonreír viéndome a los ojos, aunque te pareciera patético; para confiarme tus penas y angustias; para regalarme los mejores adjetivos, no son cumplidos, aclarabas, que así era cómo me veías; para abrigarme con una frazada contra el frío escalofriante mientras me abrazabas con todas tus fuerzas al punto de hacerme sentir ahogada y reírnos; para regalarme dulces cuando los odiaba, pero me los comía porque tu mirada, que parecía vigilarme, hacía que ignore ese sabor, detestable para mis gustos; para comprar comida y obligarme a cargarlo en mi bolso porque el tiempo era muy corto para atender el horario de mi almuerzo; para llamarme, escribirme y preguntar siempre cómo estaba o si ya había llegado a casa; para compartir, desde el otro lado de la linea, mis desvelos debido a las tareas de la universidad; para ir al cine y, por más que me quedará dormida por el cansancio, disfrutabas pasar ratos conmigo; para duplicar hasta triplicar tu tolerancia de espera para vernos aunque sea solo unas horas; para esmerarte en enseñarme algunos juegos mecánicos, aunque nunca había visto siquiera alguno; para recomendarme una gama de películas y armar temas de conversación porque finalmente pienso que eso rompió todo, el nulo intento de iniciar una conversación. Porque en verdad, nunca supe qué más decir. Solo respondía a tus curiosidades y si no las habían, pensaba que ya habíamos terminado la conversación. Y así se cerró también este ciclo. 

Comentarios

Entradas populares