De la mano
-Estamos retrasadas, Sol. ¡Date prisa!- gritó Ada desde afuera.
-Aún no termino de arreglarme- rugió su hija, mientras salía con el cabello alborotado y chorreando agua como ropa del tendedero. Con una intempestiva caída, llegó más rápido al auto, luego de haberse pisado los pasadores que olvidó amarrarlos.
En el viaje, tenía las manos pegada al mentón, el ceño fruncido y los ojos atentos al paisaje externo. En ese cambio vertiginoso de escenas, una imagen constante prevalecía, se trataba de las manos. Eran múltiples. Enredadas y sobreponiéndose unas a otras, se extendían hacia ella como queriendo ser cogidas. De pronto se quedó atrapada en una escena.
Estaba rodeada de muchas personas con miradas inquisidoras. Un chico a su lado, dispuesto a salvarla de esa intromisión, la cogió de la mano y la sacó corriendo de ese lugar. La carrera fue larga, cansada e intrigante. Llegaron a un campo descampado. Sol protestó.
-No me gusta que me cojan de la mano.
-No hubo alternativa.
-¿De qué?
-De eso, ellos te harían daño.
-Pero, ¿por qué?
Él se quedó quieto, pensativo. Le sonrío, pero con ojos tristes como la última vez que se vieron en una banca, a la entrada de la antigua casa de Sol. Sentados en la oscuridad, contemplando los astros en el cielo, prevaleció el silencio en ambos, intercambiaron algunas palabras de despedida. Cada vez que Sol pensaba en esa imagen, sentía un dolor que no sabía cómo calmar, le abrumaban sentimientos que nunca le confesó. Pintaba dibujos y escribía cartas para luego quemarlos, solo con eso una sensación de tranquilidad la abrigaba. Ahora que lo tenía frente a él, pensó decírselo, pero recordó que habían pasado seis años de distanciamiento e incomunicación. Decidió retroceder en su intención y quiso alejarse de él, sin exigir respuesta a su interrogante planteada.
-Ya no tiene caso. ¡Vete!
-¿Qué?
-Lo que escuchas.
-Solo te protegí. Adiós.
Apreció un tanto su caminar, advirtió cómo nuevamente iba alargándose ese distanciamiento que hace años quiso romper, pero solo quemó papel tras papel. Luego de suspirar profundamente, se vio inquieta con la mirada de la gente otra vez. Cada paso que daba, le causaba temor. Aunque quiso ver otras cosas que no fueran las manos, estas eran recurrentes ante su visión. Era como una obsesión que sus ojos se plantarán justo ahí, en las manos extendidas como raíces aéreas de las plantas araña. Se sentía desconsertada. Desde su interior, emergían temblores, sus piernas la delataban.
Llegó a casa y una mano agitada en el aire la saludaba. Cuatro largos dedos se inclinaban hacia adelante como haciendo reverencia de bienvenida. Agiles y uniformes, con el pulgar estático, le guiaban a la entrada de la casa, donde estaba plantada su mamá.
-¿Una sonrisa y trato cordial?- se cuestionó.
Al ingresar, notó un buen desayuno servido en la mesa. Un plato de huevos revueltos, pan de trigo, maíz tostado, tocosh, miel y agua de boldo. Con el afán de hallar situaciones similares en el poco tiempo que llevaba viviendo con su mamá, rebuzcó en su memoria. Resultado: hechos no registrados.
Gran parte del tiempo, Ada parecía andar con resentimientos, retraída y como afligida por una pena que nunca pronunciaba. Con poca frecuencia expresaba afectos de ternura o compasión. Las discusiones con su pareja eran interminables. Por eso, Sol no entendía cómo una relación con tres hijos podría durar cerca de veinte años en medio de dificultades, rencores y violencia.
Al terminar el sorprendente aperitivo mañanero, su mamá le pidió que la acompañará a comprar algunas cosas, antes de que saltará de la mesa y se refugiará en su habitación con un montículo de libros. El pedido fue tan cordial que se negó a responder que debía hacer otras obligaciones. Salieron del hogar que parecía más acogedor de lo normal. Al cerrar la puerta, su mamá se le acercó, le dió un golpecito en la espalda y le tomó de la mano derecha con una pertinente sonrisa, estrenada ahí mismo. Le hizo sentir cosquillas en los dedos.
Cuando era niña, su mamá prefería caminar solo a su lado. No recuerda haber andado de la mano de Ada. Si había que cruzar pistas, charcos o cualquier interferencia en el camino, le ponía una mano en su hombro derecho y la retenía con la mirada. Para ella era significativo, lo asimiló como un lenguaje entendido solo para ambas. A poco tiempo de cumplir dieciocho años, su mamá rompió con la particular comunicación que, espontáneamente, había sido creada entre madre e hija. Se alumbró una duda: ¿será un regalo por estar cerca de cumplir la mayoría de edad?
Sol despertó movida por su madre, quién la obligó a bajarse del carro y andar tras ella para ayudarla en el área de secretaría. Aún llevaba el cabello húmedo y su duda alumbrada se apagó.


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