Despegue en la adolescencia
De
pronto un día despiertas y despegan a tus pensamientos dos figuras masculinas
de la adolescencia. Uno nada semejante al otro. Ambos modelan con definiciones
muy particulares ante los ojos de la cultura que nos rodea. Ambos aparecieron al mismo
tiempo, se envolvieron en tu cotidianidad, mas no en tus planes. Resultaron
como caídos del cielo. ¿Debías elegir solo a uno? Sí, la sociedad monógama lo
exigía.
Uno
era el mejor de su clase, del cole. De tiempo en tiempo en la formación escolar, le colgaban una medalla diferente, cada una era símbolo de sus triunfos en números y letras. Pues,
la intelectualidad era su sello. Su familia andaba pendiente de él, aplaudiendo cada
logro. Su padre era un profesor de tu centro educativo. Adorabas la sencillez con la que se
dirigía a los demás, no era presuntuoso, menos antipático.
El
otro era rebelde, a quien poco le importaba lo que los demás decían de él. Hacía las cosas a su manera, no esperaba nada de otros. Le fastidiaba hablar de personas modelo, pensaba que ellos eran solo plantillas del montón, que no expresaban realmente lo que sentían, sino lo que los demás esperaban. Era independiente y decidido. Podías notarlo por su seguridad al caminar, su postura erguida y su mirada en alto. Eso te gustaba de él. Nunca se lo dijiste porque
hay cosas que uno se los guarda para luego y ese luego termina por perderse en
el tiempo.
Cada uno se distinguía por su propio temperamento. ¿Se parecían en algo? Sí.
Ambos hablaban poco, preguntas cerradas y respuestas cortas con titubeos. Y eso te desesperaba.
Entonces, debías recurrir a tus grandes discursos para escapar de los silencios incómodos. Esas ocurrencias les divertía y te hacían sentir importante. Así, las
experiencias en el plano romántico empezaron a crecer, acontecimientos envueltos en la cotidianidad, de manera que no recuerdas cómo elegiste al segundo.
Todo
parecía extraño para los ojos de tus amigos y conocidos. Llovían críticas en torno a ustedes. Que no combinaban, decían,
que él y tú eran muy distintos. Te veían como el primer chico, aunque nunca conseguiste medallas, ni diplomas. Decían que estudiabas, que eras dedicada, responsable. Que sabías qué querías para tu futuro (en ese entonces solías pronunciar con frecuencia sueños que querías alcanzar, te proyectabas en ellos entusiasta, pero con el tiempo se diluyeron en tus pensamientos y te llenaste de incertidumbre).
En cambio, indicaban, el segundo no cumplía con sus tareas. Que integraba una pandilla juvenil con quienes armaba contiendas a pocos metros de los principales pabellones de clases, en lugar de asistir a sus lecciones de aprendizaje. Por tu parte, no reparaste en esos detalles, solo sabías que era hora de andar con alguien. Además, fue uno de los primeros chicos que te gustó y te propuso ser enamorados. Aceptaste el día de su cumpleaños, en el recreo, a eso de las cuatro de la tarde. Estaban en una estrecha escalera que permitía ingresar a la única biblioteca del colegio. Sí, respondiste tímidamente y te fuiste corriendo. Que si a la salida podían verse, preguntó. Sí, gritaste. Ese día fuiste feliz.
No llegaron a besarse en la boca, temías ese acercamiento, no te sentías preparada. De la mano caminaban en dirección a tu casa, pero
solo hasta medio camino. Era incómodo porque te sudaban las manos, pero no lo
decías, solo empujabas sus dedos y sonreías como si se tratara de un juego. Él sonreía parpadeando sus ojos y, en broma, simulaba espantarse por tus actos. Al parecer, luego entendió tu malestar, ya no te cogía de la mano. Solo por bromear, preguntaba si tus manos estaban frías, que tal vez necesitaban abrigarse. Aunque casi siempre andabas como un muñeco de nieve por la baja temperatura andina, reías y cambiabas la conversación.
No te cuestionaste respecto a tus reacciones hasta más tarde. ¿Por qué esa actitud hostil? ¿Y la confianza y los acercamientos físicos propios de una pareja? E incluso lamentaste si acaso eso habría contribuido a que él empezará andar con otra chica, simultáneamente contigo. Una estúpida justificación, por cierto. Parece que la relación se formó de manera artificial, reflexionaste. No sentiste la creación de una conección especial, esa que pregonan de las relaciones de pareja. Al despedirse, intercambiaban besos en las mejillas como amigos. O él procuraba acercarse un poco, mientras sentías tu piel erizarse, para besar tu frente.
El beso en la frente es el gesto más tierno que recuerdas con cariño, a pesar de que luego ocurrieron diversos hechos que te hicieron desconfiar del sentimiento amoroso, sensación que aún conservas. Creíste confundir su figura con la del paternal. Porque esa imagen se la concediste a uno de tus hermanos por la inexistencia de tu papá. Cuando eras niña, te cargaba, te sujetaba de las manos, te giraba a su alrededor hasta que se queden sin equilibrio y se tambeleen de un lado para otro como gelatinas. Luego, te abrazaba y besaba tu frente, con unas bonitas palabras: te quiero mucho, mami. Esa misma expresión y gestos se hicieron repetitivos, pero adorables, en sus visitas y despedidas por viajes de largos periodos.
Del segundo, mantienes la escena de cuando esbozaba una sonrisa, se frotaba el cuello con la mano derecha y te veía con sus ojos brillosos. Su mirada era como de un niño, no encontrabas nada de malicia o perversidad que otros aseguraban reconocer en él. Piensas que él mostraba esa actitud más arisca, desapegada, con otros porque buscaba protegerse. Era un modo de resguardar su seguridad y delimitar la línea invisible de su espacio personal. Pocos pudieron identificar su timidez y la angustia de un escolar adolescente por aportar económicamente en la manutención de su hogar, también, sin padre.
Cerca de medio año después, observaste que te acostumbraste a él. Esa costumbre se desvaneció como castillo levantado sobre arena, el día que una chica lo trajo a empujones a tu frente. Lo encaró ante tu mirada absorta que mantenía una relación simultánea con ambas, que era un desconsiderado y otras groserías. Sentiste que esas palabras ingresaron como afilados dardos a tus orejas, alguien las taponeo y resonaron con fuerza en tu cabeza como un disco rayado esa noche y los días que restaban de esa semana.
¿Qué dijo él? Quiso que le des la razón: que ya habían terminado. Si tú lo dices, respondiste soltando un aire revuelto desde tus entrañas. Tus ojos querían abrirse más de lo que ya estaban, tu respiración se contuvo y una calentura invadió todo tu cuerpo. Saliste como soplada por el viento de ese largo corredor de la secundaria. No sentías nada en ti hasta que la lluvia cayó. Fueron gordas gotas que, estando fuera del colegio, camino a casa, apañaron tus primeras lágrimas de decepción amorosa. Te sentiste lastimada, burlada.
Así, formaste algunas experiencias en la adolescencia. De tu primer enamorado, te enteraste luego que estuvo
contigo por una apuesta, ¿podía existir semejante acción? Un gran dolor sentiste, pero no podía ser controlado con ningún medicamento, ni mate de hierba. Atoraba, estremecía, te hacía vulnerable. Algo inimaginable, al menos para ti a tus 14 años. Lo único que querías era olvidar. Por eso decidiste no averiguarlo, tenías miedo de saber que fuera cierto, así que te quedaste con ese sabor amargo.
Las relaciones bonitas no son las primeras, ni obedecen a un modelo, cada quien se las construye. Conforme crecemos, nos lanzamos a la vida y mientras nos caemos aprendemos a usar nuestras alas para volar, ¿hacia dónde? Yo aún no lo sé.

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