¿Quiénes acechan nuestros pensamientos?
Nuestros pensamientos están abundados de recuerdos, aparte de información. Volver a ellos es una manera de volver a vivir con los ojos cerrados, rostro gesticulado y aliento de nostalgia. En ese lapso, da la sensación de estar colgados de ellos, de no querer soltarlos y nos resistimos a perdelos en el laberinto de nuestra mente.
Con la música podemos viajar a los tiempos que nos entregaron diversas experiencias. El ritmo, la melodía, los matices, las letras, los efectos sonoros y el silencio refuerzan nuestro recorrido por esos ya espacios vividos.
Remueven nuestras entrañas dejándonos apesadumbrados por el tiempo transcurrido, por lo que hicimos, lo que fuimos y lo que dejamos a medio hacer porque no siempre podemos hacer lo que nos proponemos, lo que nos mueve. A veces solo nos adaptamos al cambiante contexto y nos dejamos llevar como hojas secas por el viento. A ver qué pasará.
La memoria selectiva puede procesar a largo plazo hechos que han tenido mayor impacto en nosotros, que envuelven diversas emociones, sensaciones e impresiones. En el viaje al pasado, en nuestra mente pueden dibujarse escenas imprecisas, pero reforzadas por las emociones. Así, se intenta llegar a lo más real del momento anecdótico. Conforme crecemos cada etapa va reuniendo episodios que pueden ser grandiosos en el múltiple campo del aprendizaje. Por eso nuestros recuerdos pueden influir en la formación de la personalidad, los deseos, los miedos y los retos que afrontamos.
Hay retos que se afrontan en un contexto real con un conjunto de personas, pero también estan aquellos que se afrontan desde nuestros sueños a través de las pesadillas. Estas torturan nuestros descansos y nos desvelan. Son capaces de dominarnos utilizando un arma muy fina, nuestros inconscientes, que son reprimidos en la realidad, simplemente porque no calzamos andando con ellas o nos resistimos a que atrofien nuestra personalidad.
Hay miedos y temores que uno solo los deja escapar en los sueños, mientras dure la lucha. Y sí, es una lucha libre, donde no hay trampas entre los contrincantes, ni juegos sucios. ¿Quién más podría ganar si no nos hemos entrenado en dominar nuestras represiones que salen y estremecen nuestro ser? Las pesadillas triunfan y cuando nos dejan salir de ellas, parecemos muertos revivientes y nuestra derrota nos la tragamos con el jadeo, el espanto, la angustia y, algunas veces, con los ojos llenos de lágrimas.
Pienso en mis represiones y en las de los demás. Tal vez, al fin y al cabo, todos lleguemos a distinguirnos por ellas y no esa personalidad artificial que intentamos construir a diario con el afán de procurar la más alturada distinción.

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