De los entrenamientos en mi infancia

Cada elemento que nos rodea tiene un significado elaborado por nuestras experiencias. Sentada sobre piedras, a orillas del mar, me quedo pensativa. Las olas revientan mejor dentro de uno.

Cuando las crestas del mar ondeante me revolcaron en la infancia, mi hermano se rio tanto que de un golpe me pare y mi llanto me la seque furiosa de un raspón con el brazo. La sangre se me hirvió en mis adentros y a nadar aprendí por confrontar aquella burla. La acción inmediata seguí y para ello omití cualquier emoción ondulante que presumía tambalearme.

Recuerdo que mis hermanos solían contar historias escalofriantes por las noches solo para apartarme de sus diversiones. Aunque mis tembladeras iban creciendo, yo insistía en quedarme. Ojalá las pesadillas no invadan tus sueños, reían con ínfulas de aceptación forzada. De cualquier modo, yo estaba encantada de estar allí. Quería aprender a ver con los ojos de grande.

Luego de ir soltando la timidez que me cogió con fuerza, yo me sentía capaz de andar tras mis propias convicciones. Al verme, otros decían que era tosca, que llevaba el cabello alborotado, que mi estómago estaba muy forzado hacia delante, que mis pasos eran agigantados, que mis risas asustaban por ser estruendosas. Era una niña poco agradable, pero noble y segura de mí misma. El tiempo en el que empecé a ganarme dichas atribuciones fue cuando aprendí a seguir ideas de la justicia y la paz perpetua, motivada por mi profesora de toda la primaria, Ana Matta Alfaro.

Cuando tenía 5 años, los ataques cardiacos de mamá eran frecuentes. Yo miraba de lejos una escena desesperante. Odiaba ser solo espectadora de situaciones repetitivas e improvisadas. Cuando mamá reaccionaba, me llamaba con voz temblorosa y aún con signos de malestar, me apretaba a sus pechos hasta hacerme sentir asfixiada. En ese entonces, me preguntaba, ¿por qué las personas mayores consideran a los pequeños como de su propiedad? Sentía que cuando estaba con ella, solo debía de ver a través de sus ojos.

Después de los abrazos y pegaderas al regazo de mamá, ella dormía y todos salíamos del cuarto. Aunque nuestros diálogos eran solo con miradas, luego se fueron convirtiendo en discursos. Decían que mamá ya no estaría un día con nosotros, que estaba malita, que debíamos obedecerle todo para ahorrarle disgustos. Y yo debía aprender a vivir sin ella. Eso hice. Creé una distancia entre nosotras que encuentro difícil de romperla hasta ahora. E incluso, esa sensación parece haberse desbordado con personas cercanas a mí.

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