¿Qué hay detrás de las ilusiones perdidas?
Un beso ingenuo de un amigo de años te atrapa en el momento, te estremece todo el cuerpo, te agita la respiración y te hace clavar la mirada en un punto fijo. Acentúa un acercamiento físico inesperado, que te arranca de la realidad.
Sientes como si un candelabro viejo y en desuso haya sido tomado y levantado por los aires como un trofeo. En ese instante, disfrutas la espontaneidad, aunque parece que ambos no sean expertos besando, lo sientes y te fascina. Una danza inicia en tu interior.
Mientras los labios se separan suavemente, arriba la intranquilad, la consciencia te fastidia. Entonces, lo abrazas con intensidad y le susurras apenada que no es posible continuar. Que sí, que te gusta, le confiesas, después de que su pregunta haya sido colocada como las piezas de un buen ajedrecista y tu respuesta haya estado divagando.
Revelas qué sensaciones tienes cuando estas a su lado. Palabras alboratadas se alistan dispuestas a ser pronunciadas, pero enmudeces. Las haces trastabillar en tu mente y sucumben antes de ser entendidas por su receptor. Un nudo en la garganta te impide tragar saliva. El esfuerzo que haces para no ahogarte con tu suspiro, retenido a fuerza de orgullo, te hace toser y rompes el silencio que tomó control del escenario.
Entrecruzan sus brazos hacia sus espaldas y las aprietan con fuerza. Sientes calidez a lo largo de todo tu cuerpo. Por esa comodidad, acurrucas tu cachete derecho a su pecho y puedes sentir el acelerado latido de un órgano al que le atribuyen los sentimientos. Te preguntas, ¿qué significará eso? ¿Qué quiere comunicar esa parte de su cuerpo, que él no lo dice? Coge con sus dos manos tu semblante, lo eleva hacia sus ojos y, sin pestañear, te dice que confíes en él.
Ambos se acarician las mejillas; mientras una impotencia resalta por no poder continuar. Tus ojos buscan con inquietud hallar un espacio compartido en la profundidad de su lúgubre mirada. Pero solo encuentras recuerdos con intenciones limitadas. Cuando sus brazos se van soltando de sus espaldas lentamente, las yemas de tus dedos parecen congelarse y se resisten a desasir su dorso cual iman sobre el hierro.
Al salir de ese lugar de comida, deben caminar manteniendo distancia. Esa distancia que crearon por no manifestar sentimientos recíprocos. Porque, aunque antes hayan confesado sus atracciones, esto se estancó ahí, tal vez a falta de voluntad. Se mantuvo en palabras, miradas, gestos y hasta en acciones que, a ojos de otros, se interpretaban como un gusto mutuo, ingenuo. Pero no, no hubo quien diera iniciativa ni reconociera que ahí iba creciendo algo, que desentendían por estar andando cada quien tras sus propios sueños.
Tal vez el tiempo vuelva a reunirlos cuando sus caminos se crucen. Pero nada queda donde nada hubo, más que deseos contenidos.


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