Sensaciones en la juventud
La juventud puede parecer gloriosa, pero duele sobrellevarla, escribió Henry Miller. Y así lo siento, ando en ese tránsito a una edad disque primorosa. Pensé que el único puente que me causaría cierta vacilación y mucho asombro sería la adolescencia, pero me equivoqué.
Aunque noto que otros chicos de mi edad no lo
sienten de ese modo. Los veo corriendo felices tras la ilusión de alcanzar sus
sueños. Todos empezamos a creer en alguno desde que nos empiezan a preguntar, ¿qué
quieres ser de grande? En principio, a uno lo cogen desprevenido y con la mente
nublada, al no tener algo pensado, te inhibes. Entonces, encoges los hombros y
declaras no tener idea de tremenda cuestión. ¡Bah! ¿Para qué complicarle la
vida a esa edad?, escuchas reírse a un adulto, si apenas y sabe limpiarse la
nariz.
Otro día, alguien te tira flores cuando esa pregunta vuelve hacia ti. Ya
preparada, dices querer ser ingeniera agrónoma. Lanzas algunas ideas sueltas para explicar del lugar donde viviste un tiempo rodeada de muchos ingenieros
verdes supervisando las cosechas de espárragos. Esta niña si sabe lo que
quiere, hace muecas moviendo su cabeza como un rapero. Sonriente y con el pecho
inflado te alejas de esas voces que creen adivinar tu “buen porvenir”.
Ese
querer para cuando fueras grande, variaba. Lo adornabas con bonitas palabras
hasta que se construyeron como frases cocidas, que pronunciabas
repetitivamente, pero se esfumaron como sopladas por el viento al terminar el
colegio. Sentiste fragilidad e inseguridad en tu andar. Parece que con el
tiempo pudiste manejarlo. Pero al término de la etapa universitaria, esa
sensación vuelve atraparte y rompe la barrera de fortaleza que aprendiste a
levantar con cautela y temor. Supones que todo pasa como canta Carla Morrison.

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