¿Qué queda luego de un celular robado?

A solo dos estaciones para llegar a mi destino, el bus del metropolitano se detiene porque el semáforo esta en rojo. Un tipo se lanza a medio cuerpo por la ventana y me arranca mi celular. Sí, estaba entretenida leyendo algunas cosas, es mi culpa, ¿no? El hecho de que hay que cuidarse de los delincuentes que acechan descontroladamente la ciudad- y más aún en estos tiempos- es fundamental, dicen. Y así nos obligamos asumir algo que no esta bien. Y la seguridad ciudadana, ¿dónde queda?

El señor que está a mi costado se levanta furioso y le grita al chofer que quiere bajar, que abra la puerta. Que esto no se va a quedar así, que va perseguir al delincuente, me asegura. Vamos. Yo te ayudaré a recuperar tu celular, ese choro de mierda esta acá nomás. Yo conozco sus huecos donde se esconden luego de robar. Pero el chofer no abre la puerta, aunque el abucheo de la gente es enérgico. Ante la nula atención de quien maneja el largo bus que parece culebra, abren las ventanas y gritan como atrapados en una jaula a un patrullero de serenazgo que está circulando cerca: a una niña le han robado su celular, señor serenazgo, detengan al choro, es él, ahí está, camina cachoso ese webon.

Yo estoy preocupada por el cel que ya no está conmigo, que tiene el chip de mi jefe, que me costó como mil soles y esa rata se lo lleva así de fácil. Gracias, les digo inclinándome hacia delante. No sé qué más decirles. Pero en el fondo me alegra ver cómo todos quieren ayudarme y la indignación que los invade es evidente. Lo es porque exactamente en este punto, frente a una Central de Control de Operaciones de la Municipalidad de Chorrillos, roban frecuentemente, hasta yo lo he visto en varias ocasiones. Otra vez regreso a culparme, sí, la culpa es mía, por la falta de precaución, ¿no? Me quedo pensando: no había visto antes la escena de los pasajeros tan indignados y actuando para ayudar a una víctima de robo, menos que un señor, a quien no le robaron, esté dispuesto a bajarse del bus y perseguir al ladrón.

El señor de mi costado y yo estamos en la puerta. El semáforo ha cambiado a verde, el bus avanza unos metros y se detiene en la Estación Fernando Terán. Vamos, me propone bajar y me da su bolso rojo. Yo lo miro desconcertada, pero lo sigo. No sé lo qué pasará más allá, no tengo la esperanza de recuperar mi celular. Entonces, ¿por qué lo sigo? La curiosidad me gana. No parece mala persona, pienso mirándolo a detalle. Estoy corriendo detrás de él, encontramos al patrullero que estaba cerca del bus y escuchó algo de lo que pasó. El señor le plantea que vayamos por diferentes puntos para encontrar al choro. Así lo hacen, yo sigo corriendo detrás de quien me ofrece ayuda. Llegamos a un punto donde nos chocamos con el serenazgo en su patrulla. No hay nada. El choro desapareció. Ya se habrá metido a una quinta, por acá hay varias y es difícil ubicarlos, se lamenta el serenazgo y nos ofrece llevarnos a la comisaría para poner la denuncia.

Llegamos a la Comisaría Huaylas, pero solo puedo ingresar yo. El tiempo pasa y pasa, me desespera porque es posible que no encuentre movilidad por el toque de queda. Luego de registar la denuncia, nos dirigimos hacia la Estación Mattelini. El señor me pregunta por segunda vez de dónde regreso tan tarde, cerca de las 11 pm. Tú has ido a la marcha, ¿no?, quiere saber. Si, le digo riéndome un poco. Ah, ya sabía, cuando subimos al bus en la Estación de Jirón de la Unión, tenías un cartel. Yo también andaba en las marchas desde joven. A esta he ido los primeros días para apoyarlos, pero el sábado no pude y lamentablemente fue el más trágico. Me alegra que los jóvenes estén tan llenos de espíritu y luchen por sus convicciones e ideales, se conmueve. Tú debes ser una de ellos, pensé eso cuando te vi con tu cartel. Al ver cómo te arrancaron tu celular, me molestó mucho. Por eso quise ayudarte porque eres parte de los jóvenes que sacarán al país de la catástrofe en la que nos encontramos.

Estoy en el alimentador y pienso en el señor Ricardo, su amabilidad y la calidez de su voz. También, me rio un poco porque no pude ocultarle mi sorpresa y descontento cuando me confesó que es aprista, pero no alanista. Al bajar del alimentador camino de prisa rogando encontrar una mototaxi. Llego al paradero y está vacío, cerca esta una señora con su carrito sanguchero y un venezolano comiendo hamburguesa. Les pregunto si tienen algún conocido con mototaxi. No, pero si viene alguien por acá yo te embarco, no te preocupes. Aparece un auto negro y el venezolano le pide que me lleve a mi casa. El conductor me dice renegando que le pague 10 soles. Pero es mucho, le reclamo. Entonces 5, dice. Mejor 3, le regateo. Ya sube, refunfuña. Un chico se baja del asiento trasero y se cambia al asiento copiloto. Un par de cuadras más allá se baja. Entonces debo aplicar mi técnica de siempre, hablar con el chofer para ganarme su confianza y no me haga daño.

Debe tener como 60 a 65 años. Pensé que el joven era su hijo, le comento. No, es un chico más como tú que no tiene plata, lo encontré solito en un paradero por la Av. El Sol, estaba esperando dice la línea 29 a esta hora, tan noche y en toque de queda. Ay, estos chicos andan sin plata, piensan que todo se consigue fácil y barato, reniega rascándose la cabeza. Pero yo les entiendo, yo también andaba así. Hay que ayudarlos nomás pues, se resigna.

¿De dónde vienes tan tarde? De hacer unos trabajos, le miento. Pero- ahora sí le digo la verdad- también me robaron, señor, fui a poner una denuncia, ahí me demoré más, me quejo. No te han hecho nada felizmente. No pues. A cada rato pregunta por dónde es. ¿No conoce?, me sorprendo. No he venido mucho por acá. Además, no me siento bien. ¿Qué le pasó? Mi mujer me ha botado de la casa, siempre me controlaba de todo, ya estaba cansado. Por eso dejé de hablarle, pero ayer explotó nuestros resentimientos. No me gustó cómo le habló a mi hijo, le reclame eso y discutimos. Me botó y no sé dónde quedarme, tal vez vaya a un hotel hoy y mañana no sé. Cerca de mi casa alquilan cuartos, le indico cómo llegar, le propongo. No, no te preocupes, yo ya estoy viejo y los viejos sabemos cómo cuidarnos.

Llegamos al punto donde debo bajarme. Al frente hay una pareja que espera un carro, mire, tiene suerte, señor, le animo. Saco todas las monedas de mi bolso y suma 5 soles. Tengo 5, le pagaré 5, pronuncio como cantando de alegría. Cuídese mucho, señorita, se despide riéndose.

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